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domingo, 2 de diciembre de 2012

Lolita Sevilla.- Cántame un pasodoble español:HOMENAJE AL INOLVIDABLE TONI LEBLANC




Fragmento de la película "¡Lo qué cuesta vivir!" (1957) dirigida por Ricardo Núñez. 

En ella, se narra la historia de un viudo (José Isbert) que para conseguir algún dinero trabaja primero como vigilante y posteriormente como matón de un club nocturno. Pronto se hace famoso por su dureza y la manera que maneja los puños. 

En ella, se incluyó uno de los pasodobles más populares fuera de Andalucía, escrito por los Hermanos Paso y Tony Leblanc para la revista "Lo verás y contarás" (1954). Aunque la popularidad fue otorgada por la sevillana bautizada en San Lorenzo, Lolita Sevilla. 


jueves, 10 de mayo de 2012

Proclamación de la copla



Proclamación de la copla

Letra: Antonio Burgos
Música: Carlos Cano



Temporal con mar en calma,
tormenta sin aguacero,
relámpago dentro del alma,
pararrayos del te quiero.
 
Toa la nieve de Graná
ardiendo dentro de una reja,
y toas las olas del mar
dando su sal a una queja.
 
Laberinto del querer
y norte para el olvío,
lo que quieres comprender
otro al cantar lo ha vivío.
Estribillo
No es canción, se llama copla,
y cabe dentro la vía,
que la copla es el querer
que se llama Andalucía.
La copla es el ancho mar
y la arena de la playa,
la copla es por donde vayas
la voz de un pueblo escuchar.,
No es canción, se llama copla,
y cabe dentro la vía,
que la copla es el querer
que se llama Andalucía.
II
Vendaval de las esquinas,
sueño de los callejones,
pañuelo de despedida,
bandera de torreones.
 
Ay, dulce cañaveral,
toa la sal de San Fernando
cuando me pongo a cantar
la copla va derramando.
 
Almohadita pá soñar
y agüita para mis labios,
ilusión para engañar
hasta al propio desengaño...
Al estribillo y final

jueves, 19 de abril de 2012

Manuel Font de Anta



Manuel Font de Anta nació en Sevilla en el año 1889. Fue uno de los precursores del movimiento folclórico andalucista en la música popular española que acabaría con el cuplé y daría paso a la copla, aunque en la edad de oro del cuplé, siendo él de los primeros compositores españoles del género ínfimo, compuso números excelentes de los que en aquella llamaban "finos". En las variedades siempre quiso dar un toque andaluz en sus obras, como por ejemplo con letra de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero escribió "La torre de Sevilla", garboso número estrenado por Pastora Imperio, o "La guasa que tiene", con letra de Monterilla, graciosa canción interpretada por la sevillana Amalia Molina.
Fueron muchos más los letristas colaboradores de Font de Anta, por ejemplo Salvador Valverde, Rafael de León, Antonio Graciani, Manuel Susillo, Montesinos, etc.
Algunos títulos conocidos de su obra, aparte de los ya mencionados, son: "La cruz de mayo" para Gracia de Triana, que también popularizara Carmen Sevilla, "Mantoncito de Manila" para Concha Piquer y "Su majestad el chotis", "Las verdades del barquero", "La nieta de Carmen" y "Tientos imperiales", para la voz de la colosal Pastora Imperio.

Murió asesinado en 1936, a la edad de cuarenta y siete años, y podemos asegurar que en los eruditos de la copla, su memoria aún sigue viva, sobre todo, al margen de sus obras, por lo que aportó y significó para la formación de este género musical que tanto nos emociona.



domingo, 8 de abril de 2012

Jose Antonio Ochaita


Artículo publicado en la revista mensual "Abanico de Coplas" de San Roque (Cádiz)


José Antonio Ochaíta García, nació en Jadraque (Guadalajara) en el año 1910. Se licenció en Filosofía y Letras y se vinculó algún tiempo a la enseñanza, pero pronto dejó lo docencia para dedicarse por entero a la poesía y a la comedia para la cuál poseía una imaginación brillantísima.
Si en la copla fue famosísimo el trío Quintero, León y Quiroga, no fue menos famoso el trío Ochaíta, Valerio y Solano. De esta colaboración nacieron canciones tan populares como Cinco farolas, El Porompompero, Cría cuervos, Tientos del remordimiento, Las caenas del querer. Concha Piquer, Almoneda y un larguísimo etcétera. También llegó a formar trío con en la composición con los conocidos Rafael de León y el maestro Quiroga, con ellos compuso canciones como La Lirio, Judas, Eugenia de Montijo, Zapatitos de Charol, etc.; junto a Juan Solano como pareja, canciones como Dolores, No me des guerra, Vamos a dejarlo así, entre otras. Ochaita fue galardonado en numerosos certámenes líricos y perteneció a la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla.
Murió en 1973 a consecuencia de una hemorragia cerebral cuando recitaba uno de sus poemas en Pastrana (Guadalajara), en una de las veladas literarias que organizaba Conrado Blanco, un gran mecenas que impulsaba la llamada Alforjas para la poesía. Quienes le conocieron dicen que recitaba de manera extraordinaria y que daba gusto oírle recitar sus propios poemas.

jueves, 19 de enero de 2012

Rafael de León



Al hilo del asombroso descubrimiento por Agustín Tena de la primera película sonora que ha resultado ser de Conchita Piquer cantando y bailando en Estados Unidos con apenas dieciséis años, han vuelto los comentarios sobre los autores de aquellas canciones que la hicieron reina indiscutible de la copla. Y sobre todo en torno a la figura de un poeta extraordinario al que todavía muchos intelectuales a la violeta siguen negando el pan y la sal. Me refiero a Rafael de León.





Foto: Concha Piquer, entre Rafael de León y Manuel López Quiroga, y Antonio Quintero (ABC)


Un poeta extraño y singular. Extraño y singular porque siendo el hijo primogénito y heredero de una de las familias de más rancio abolengo de la aristocracia sevillana se convertiría en el poeta más genuinamente popular del siglo XX español. En él se cumplió de manera absoluta el verso de su vecino de nacimiento y calle, Manuel Machado: «Hasta que el pueblo las canta, / las coplas coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor». No existe un poeta en toda el área hispánica que mejor encarne esta aseveración. Autor de miles de canciones, renovador de la copla española, hay trozos de sus versos que ya pertenecen al lenguaje común. Son octosílabos de coplas que fueron y son famosas y que de tanta popularidad han quedado convertidos en pedazos del habla cotidiana.

Pensemos que Rafael de León –sevillano, de 1908- es el autor de canciones como «Y sin embargo te quiero», «Ojos verdes», «La Zarzamora», «Tatuaje», «A la lima y al limón», «María de la O», «La Lirio», «No me quieras tanto», «Romance de la Reina Mercedes»... ¿Quién no sabe un estribillo, un verso, hasta una canción entera de Rafael de León? Pero aquí viene también la extrañeza y la singularidad: Aquella «voz con corona» —que dijera Antonio Burgos— fue Marqués del Valle de la Reina, Conde de Gómara, amigo fervoroso de García Lorca, homosexual confeso, rompedor de todos los moldes y poeta popularísimo. Todo esto en la España de los años cuarenta. ¿Cómo encaja e hila todo esto nuestro poeta? Con una valentía extraordinaria. Sabiendo a lo que podía renunciar y a lo que no.

Hombre de una cultura vastísima, se había educado con los jesuitas y los salesianos en colegios de El Puerto, Málaga y Utrera donde estudiaron, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Fernando Villalón, Pedro Muñoz Seca o Rafael Alberti. Se sabía a los clásicos de memoria y dominaba el verso, el ritmo y la rima con una profundidad de sentimientos que estremecía. No es de extrañar que cuando conoce a Federico García Lorca (éste, con 27 años; Rafael, con 18), en la Granada de los años veinte —adonde lo habían mandado para estudiar Derecho—, se decantase abiertamente por la poesía y empezase a barruntar la primera de sus grandes rebeldías: sin renunciar a nada de lo que era, quería ser libre y vivir su vida sin los oropeles y las cortapisas de su clase social. «Estaría una semana besándote la mano, / elogiando marfiles y mirando vitrinas, / y de pronto, una noche, llegaría mi viento / a romper miniaturas y abanicos de encaje». Estos versos pertenecen a un poema que se titula escuetamente «No».

Amante de la bohemia, de los cafés-cantantes, de ese pueblo que le fascinaba, empezó a escribir canciones donde el alma de los patios y de los corralones de cal y jazminero y de las criadas y de los amores turbios y de las duquesas enamoradas de toreros se alzaba a la categoría de poemas cantados. Tuvo la suerte de conocer al compositor Manuel López Quiroga y al empresario y escritor teatral Antonio Quintero. Sí, fue el célebre trío Quintero, León y Quiroga. Rebelde contra la cerrazón social de los suyos, vivió una temporada en Madrid dando clases de declamación en una academia y tocando el piano en cafés nocturnos. Hasta que un día, el maestro Quiroga le dijo por teléfono a don José de León: «No se preocupe usted por su hijo, señor marqués: sabe ganarse la vida solo». Acababan de sacar a la calle uno de los más grandes éxitos de la canción española: el tango «Rocío». Era 1933.


Por el inolvidable Sebastián Gasch sabemos de la estancia de Federico y de Rafael en la Barcelona de 1935. Un año después estallaría la guerra. Federico fue asesinado en Granada por unos y Rafael encarcelado por los otros —se salvó milagrosamente de ser fusilado— en la Ciudad Condal. En la cárcel estaría hasta la entrada de las tropas nacionales en enero de 1939. Rafael de León dedicaría a Federico el impresionante poema «Responso»: «Tenías una fuerza de toro desmandado / por la marisma seca con alambres y pitas / y la dulzura rosa de una niña morena / que se queja, a la fuente, por su novio lejano».
Años más tarde escribiría el «Réquiem por Federico» cuyo recitado interpretó y grabó Lola Flores.

Curiosamente, «Responso» aparece en la primera edición de «Pena y alegría del amor», en 1941, justo antes del «Poema del amor oscuro», ese que comienza: «Te espero al lado del puente / antes de que den las doce». Es la primera vez que aparece impreso “amor oscuro” para designar al amor homosexual y según me dijo Gasch lo utilizaban a menudo en sus conversaciones “serias” Rafael y Federico. Cuando muchos años después ABC publicara, -17 de marzo de 1984-, en exclusiva mundial, los bellísimos “Sonetos del amor oscuro” de Lorca, más de un conocedor de la obra de Rafael de León pegó un brinco por la coincidencia.

Llama la atención el atrevimiento de este libro,”Pena y alegría del amor”, editado por Quiroga, en Madrid, al precio de diez pesetas, con largo pórtico de José Antonio Ochaíta, porque en él no sólo se habla abiertamente del amor oscuro sino que aparecen poemas claramente homoeróticos como «Hora» o «Así te quiero». Dos años después, en 1943, publicaría «Jardín de papel» editado en Alas, de Barcelona, libro dedicado al poeta moguereño Xandro Valerio y donde se recogen los célebres sonetos «Duda» («¿Por qué tienes ojeras esta tarde? / ¿Dónde estabas, amor, de madrugada, / cuando busqué tu palidez cobarde / en la nieve sin sol de la almohada?»), o «Encuentro» («Y después, a morir, a ser dos ríos / sin adelfas, oscuros y vacíos, / para la boca torpe de la gente...»).

Apenas publicó nada más. Antonio Burgos le hizo una bellísima antología, a la que han seguido la que elaboraron los editores Acosta Díaz, Gómez Lara y Jiménez Barrientos y la fallida «Entre el gozo y la pena», de Renacimiento, donde el poeta Daniel Pineda Novo, con todos sus conocimientos del autor y la obra, cayó en lo que Rafael de León siempre rechazaba: mezclar la poesía auténtica con las coplas más o menos ocasionales. Mi paisano y editor sevillano Anselmo Martínez Camacho, bibliófilo impenitente y magnífico, me regaló un libro editado en 1970, en Rosario (Argentina), con una portada muy ambigua y este título “Poema del amor oscuro”, como el romance que Rafael publica en su primer libro y que está dedicado a Luis Puig Peña, un personaje curioso, médico ilustrado de Almería, del que supe gracias a mis queridos amigos Francisco Giménez Alemán y Emilio Contreras Ortega, almerienses de pro. No sé lo que hubo entre Rafael y Luis: Sólo la valentía y el arrojo de atreverse en 1941 a dedicar a un hombre un poema como ése.

Se habla también de un libro que nadie ha visto, «Amor de cuando en cuando», y por la América hispana circulan, como digo, las más variadas antologías piratas llenas de errores y de versos falsos. Federico Carlos Sainz de Robles lo incluyó en su «Diccionario de la literatura». Allí se lee: «En pocos poetas la imagen es tan viva y cálida, la metáfora tan sorprendente, el sentimiento tan fecundo como en Rafael de León». Hace tres años aparecieron en Málaga dos volúmenes sobre «La copla. La poesía popular de Rafael de León», de Sonia Hurtado Balbuena.

Hombre tímido a primera vista, era divertido y ocurrente, chispeante y mordaz entre los íntimos. Huyó de las Academias, de los honores, de la vida literaria, ganó muchísimo dinero escribiendo canciones, jamás quería una entrevista ni salir en los periódicos, tenía devoción por Conchita Piquer y seguía llevándole flores a Mari Paz, una canzonetista que le estrenó «Las cosas del querer» y que murió de una septicemia de mal de amores cuando apenas tenía veintidós años. Fue hasta su muerte marqués y conde; profundamente religioso, su verso está preñado de citas evangélicas que, a veces, engarzaba con el amor más carnal («Centinela de tus sueños, / hombro para tu descanso, / Cirineo de tus penas / y San Juan de tu calvario»); no ocultaba una nostalgia agridulce de Sevilla —a la que dedicó poemas bellísimos—; pertenecía a la Hermandad de Excautivos y sobre la solapa de la chaqueta lucía la insignia de hermano de la Macarena. No sé si estos datos contribuyeron a su ostracismo. Vivió, como había querido, en libertad, y murió —no podía ser de otro modo— de un ataque fulminante al corazón el 9 de diciembre de 1982, en su casa de Madrid. Quiso descansar solo en el cementerio de la Almudena junto a unos rosales sevillanos.